MI ARDIENTE AUDITORA
MI ARDIENTE AUDITORA
Quiero decirles que ésta es una historia real, igual lo serán otras que les envíe, propias o que me ha contado alguna compañera ocasional de sexo, para ustedes y los lectores mi nombre será Juan J., igualmente cambiaré los nombres de todos los que intervengan en mis historias, quizás altere un tanto las circunstancias o los lugares, de lo mío respondo, de lo que me contaron respondo a medias, son cosas que me contaron en momentos de sexo muy intenso, por lo que pienso que deben ser bastante reales. En la que sigue me presento a medias. Me irán conociendo más en las sucesivas.
Esta es una historia de tantas a las que me ha llevado mi vida. Soy médico, por elección de mis padres no por vocación, nunca me gustó atender enfermos y me volqué a otras actividades relacionadas con la medicina, y para las que mi título valía. Casado desde hace años con una mujer que en una época me gustaba, luego mi matrimonio se transformó en rutina; después de tres hijos a mi mujercita no le interesó más el sexo, lo cumplía como un deber formal, esporádicamente, sin nada de erotismo y con muy poca aplicación. Eso me obligó a buscar mis satisfacciones afuera, pero siempre con el menor compromiso posible.
Hasta que hace un par de años recalé como Gerente Médico en una Obra Social. Miraba a mi alrededor y veía varias mujeres interesantes, empecé a tender mis redes. La obra social estaba en reestructuración y había despidos casi masivos, esa circunstancia me dio la oportunidad de cogerme a una chica joven, empleada administrativa, con la promesa de que no iba a ser despedida. Pero no me dejó satisfecho, había un par de médicas, más maduras, que prometían. Empecé a averiguar y supe que casi todas habían tenido asuntos con los de la administración anterior.
Me llamó la atención la Jefa de Auditoría, era una veterana, más bien feúcha y muy seria, con pocas tetas, culo grande y buenas piernas que mostraba generosamente. Y me sorprendió cuando me contaron que había vuelto loco a otro gerente en el pasado inmediato. No la descarté, pero había otras que estaban mucho mejor. Pero el destino tiene vueltas insospechadas, surgió la necesidad de hacer un viaje de control a una capital del interior del país, yo, nuevo en el cargo, sabía muy poco de lo que había que hacer, y todos los veteranos me indicaron que quien entendía bien del tema era... la Jefa de Auditoría. Así que le propuse que fuera conmigo; puso algunos inconvenientes para viajar, pero advertí que eran fingidos, en verdad ella tenía ganas de pasar un par de días lejos de los problemas de la oficina.
Salimos en avión un día por la mañana bien temprano, arribamos, nos instalamos en un muy buen hotel, en habitaciones enfrentadas, y salimos a trabajar. Se había venido vestida en forma sugerente, con una pollera más corta que las que usaba siempre, una blusa con más botones desprendidos de lo necesario mostrando la parte superior de sus pequeñas tetas, y algo más de maquillaje del usual.
Mañana de trabajo, entrevistando gente que nos brindaba servicios, almorzamos con algunos de ellos, luego un par de horas de descanso en el hotel y vuelta a la tarea. Ella demostró ser eficiente en su trabajo y me enseñó muchas cosas que yo ignoraba. Al ir terminando el día nos íbamos relajando, cenamos con gente del lugar y regamos la cena con abundante vino del bueno.
Cuando volvíamos al hotel me dijo que era conveniente prepara el plan para el día siguiente, ya que regresábamos en un vuelo de las 18:30, me pareció atinada la sugerencia y le propuse sentarnos en el bar del hotel y desplegar allí los papeles, me sorprendió al decirme que el bar no era el lugar indicado porque habría mucha gente, que mejor lo hiciéramos en su habitación, en la que había una gran mesa.
Hacia allí fuimos, al entrar se quitó los zapatos y el saco, dijo que le molestaban esa prenda, me sugirió pedir dos whiskys para poder dormir mejor después. Trabajamos cerca de una hora y me dijo que siguiera yo solo un momento porque estaba cansada de estar sentada. Se recostó en la cama, de dos plazas, y pude ver que se le había subido la pollera casi hasta la cintura; me inquietó la visión de dos soberbios muslos y parte de sus calzones, muy chiquitos por cierto, pero me pareció que estaba medio dormida y me concentré en el trabajo. A los pocos minutos siento que me llama.
Juan, mostrame esa planilla, vení sentate acá. Y me señalaba un lugar al borde de la cama, fui con los papeles y, al entregárselos retuvo mi mano un instante. Hablaba de trabajo, pero gesticulaba y en cada gesto me tocaba los hombros o las piernas, se había desprendido más botones de la blusa, la visión empezó a excitarme y mi verga se paró descontrolada, cuando ella lo advirtió ese sitio fue el centro de sus gestos y manotazos, entonces también yo empecé a gesticular y a tocar todo lo que podía de lo que se me ofrecía.
A poco tiramos los papeles y empezamos a besarnos. A partir de ahí los dos tocábamos todo y desprendíamos botones, bajábamos cierres y nos íbamos desvistiendo con urgencia. Cuando desabroché su corpiño hallé dos tetitas blandas pero con los pezones bien duros. Yo estaba sólo con mis bóxers y por la abertura ella se prendía de mi pija que estaba a mil, a mí me tocaba la parte difícil: sacarle sus medias; todos los hombres saben cuánto cuesta sacar esas medias, y sobre todo si la mujer no ayuda, y ella estaba concentrada en pajearme.
Al fin logré mi cometido, le quité las medias y la tanga. Me desilusionó un tanto hallar un montón de carne fláccida donde antes estaban esos soberbios muslos y culo, pero la piel era suave, el tacto agradable, y yo tenía una calentura que era capaz de cogerme a una momia. Cuando tiré mis calzoncillos y me acosté para abrazarla se fue bajando hasta que empezó a lamerme la verga con una maestría que yo no sospechaba: empezaba desde el tronco y llegaba suavemente hasta la cabeza que se metía en la boca mientras la estimulaba con su lengua, luego se la tragaba entera y chupaba con ahínco, no se fijó en que yo no me bañaba desde la noche anterior y había andado todo el día con bastante calor, por lo que esa parte debía tener un olor muy fuerte, cuando me sintió súper excitado me dijo:
- Ahora no Juan, ahora quiero toda tu pija en mi concha. Hace rato que no me coge un joven con la pija tan dura.
Claro para ella de cincuenta y pico yo era joven, abandoné el placer de la mamada magistral que me estaba haciendo y la coloqué en posición de perrita, arrodillada en la cama. Así con la carne estirada su culo se veía mucho mejor, me tentó pero decidí dejarlo para otra oportunidad, y por debajo del ano le fui metiendo toda mi verga en su concha mientras bombeaba como enloquecido. Ella gemía, gritaba y pedía más, se retorcía y se movía como endemoniada, la sentía acabar a repetición. Juro que nunca me encontré con una mujer tan caliente y que gozara tanto una poronga; allí comprendí por qué había vuelto locos a varios hombres según las historias que había escuchado. Acabé como un salvaje hasta llenarle de leche la concha.
Nos quedamos en la cama un buen rato acariciándonos y fumando. Esa mujer emanaba una sensualidad que nunca había sentido, ya no me importaba su carne floja ni sus tetas tan chicas, la notaba caliente, ¡y por mí! La comparaba con mi mujer, que es más fría que un cubito de hielo, y sentía que ésta me estaba cogiendo porque yo le gustaba y la hacía gozar. Todo eso hizo que mi verga recuperara de a poco toda su erección original, me toqué y la sentí dura y caliente.
Lentamente empecé a masajear su clítoris y la sentí acabar otra vez mientras su concha se llenaba de jugos, la pajeaba con las dos manos y procuraba llevar esos jugos hacia su culo. Cuando ella tenía el ano bien empapado en ese líquido viscoso empecé a meterle un dedo, se quejó y me dijo que eso no le gustaba, todas dicen lo mismo; insistí pidiéndole que se relajara y a poco mi dedo se deslizó entero en su apretado ano, jugando en él sin que ella dijera nada, entendí que le estaba gustando. La puse boca abajo y le metí mi verga en la concha empapada, al segundo bombazo volvió a acabar. Allí se la saqué y la apunté hacia su apretado agujerito posterior, protestó, me dijo que nunca se lo habían hecho por ahí, me sonó a mentira; pero no pensaba dejar escapar ese culo, apreté y se la fui poniendo de a poco mientras ella se quejaba.
Cuando ya tenía la mitad de mi pija adentro se empezó a mover con gusto, por lo que no dudé en metérsela toda mientras le acariciaba bien la concha. Se retorcía y gritaba como antes, ¡de placer!, de nuevo la sentía acabar con mi aparato dentro de su recto que apretaba y aflojaba con sabiduría, comprendí que no era la primera vez que le sucedía esto. Mientras ella gozaba a pleno, yo tardé unos veinte minutos en soltar mi leche llenándole los intestinos. Se la dejé un rato adentro hasta que cedió mi erección.
Entre besos y caricias me fui vistiendo y volví a mi habitación.
El día siguiente empezó algo más tarde de lo previsto debido a nuestro cansancio, continuamos con las tareas programadas y almorzamos bastante tarde con gente del lugar que nos invitó. Al venir en el avión habíamos hablado de dedicar las horas de la tarde que iban a quedarnos libres para recorrer un poco la ciudad y hacer algunas compras personales. Pero en cuanto quedamos solos me dijo: - Mejor nos vamos al hotel, dejamos listo el equipaje y cogemos hasta la hora de salir para el aeropuerto. ¡Qué mejor podía yo pedir!, ella se había vestido muy provocativa para mí, volví a compararla con mi mujer y ganó la Doctora.
En instantes estaba de nuevo en su habitación, se había venido preparada, tenía puesta una bata muy cortita sobre la ropa interior, había cerrado las ventanas y el ambiente estaba a media luz. Sobre la mesa se veían una botella de whisky, vasos y un balde con hielo. Era evidente que había pensado en coger conmigo desde que salimos de Buenos Aires, si no, no se habría traído esa bata tan corta, ni la botella, que luego, al pedir la cuenta del hotel vi que no estaba incluida.
Me desprendió el pantalón y se apropió de mi verga, me hizo sentar en una silla y empezó a brindarme una mamada histórica, alternaba mi pija con sorbos de la bebida, lo que me hacía sentir un agradable escozor en el glande; pasaba de la poronga a los testículos que lamía y se metía en la boca con verdadero gusto, mientras me acariciaba las piernas. En un momento en que la tenía toda dentro de su boca y jugaba con su lengua en la punta yo sentí que estaba por acabar, se lo anuncié y, sin decir nada, redobló su trabajo; comprendí que quería mi leche en su boca y le di varios chorros que tragó relamiéndose.
Luego me limpió perfectamente la verga a lengüetazos y me llevó hasta la cama. Terminamos de desnudarnos y, a poco, interrumpió las caricias para irse al baño. – Me voy a lavar bien para que me chupes la concha y el culo.- me dijo. Volvió oliendo a jabón y a perfume.
Nunca me negué a chupar una concha, y menos esta vez cuando había un premio grande luego. La coloqué boca arriba, bien arqueada de modo que quedaran a la vista sus dos agujeros; mi lengua se perdió en la profundidad de su argolla y luego se posó en su clítoris moviéndose suavemente, ella me tomaba del pelo y mientras gritaba y gemía me pedía más y más, era una hembra insaciable.
Cuando sentí que ya había tenido varios orgasmos empecé a jugar con mi lengua en su ano un buen rato. Hasta que me dijo – con esto es mejor – y me alcanzó un envase de lubricante íntimo. ¡Y pensar que anoche me decía que por ahí no le gustaba!. Ahora dijo la verdad – me encanta que me cojan por el culo, anoche tuve miedo porque la tenés muy gruesa, pero me hiciste gozar mucho -. Le unté el líquido en su ano, fui metiéndole primero un dedo y después dos, cuando me dijo – por favor ponémela toda en el culo – no la hice esperar y le fui deslizando toda la verga en su caliente y apretado culo, mientras con una mano le acariciaba el clítoris.
¡Qué bien que se sentía mi poronga en esa estrecho canal!, se la metía entera y luego se la sacaba, casi entera, para volver a meterla, ella gritaba, gemía y se retorcía. ¡Cómo gozaba la puta con una buena verga metida en cualquiera de sus agujeros!, me hacía sentir tan bien como hombre que mi calentura aumentaba y mi verga se ponía cada vez más dura.
Debido a mi cansancio por los trajines de la noche anterior y de esta siesta, fue un polvo largo que no dejé de gozar en cada instante, mientras ella tenía un orgasmo tras otro. Después que, al fin, acabé dejándole mi leche en su culo, tuve que esperar un buen rato para que se me volviera a parar, ya que ella quería otro polvo en la concha. Lo logré, pero esta vez la hice poner arrodillada sobre una silla, y yo de pie le puse todo en la concha, que así le había quedado más apretada, y volvió a acabar varias veces antes de que yo lo hiciera.
Una vez en el aeropuerto volvimos a parecer dos respetables médicos en misión de trabajo. No obstante en el avión se las arreglaba para tocarme la pija cada vez que podía. Pensé que la iba a coger cada vez que pudiera. Pero ya de vuelta en Buenos Aires me lo pedía demasiado seguido, por lo que deduje que un solo hombre no era suficiente para esa mujer tan caliente y ansiosa por una pija. De modo que aproveché para quedar bien con mi superior inmediato y otro colega.
