SUEÑO CUMPLIDO
Nunca creí que llegaría el momento de contar esta historia, pero desde hace unos meses soy lector de esta página y me dije, ¿por qué no? Ante todo quiero asegurar que esta historia es del principio al fin totalmente real, no soy de los que se conforman con solo la imaginación, y tal vez gracias a ello es que pude cumplir mi sueño. Por razones obvias voy a cambiar los nombres, pero solo eso, el resto como las fechas y los lugares son totalmente reales.
Vivo en Argentina, más precisamente en Buenos Aires, en este momento tengo 45 años y llevo 20 de casado, pero esta historia se cumplió el 20 de Agosto de 1998. Mi esposa, Mónica, contaba en ese entonces con 40 años, tenemos 3 hijos y somos lo que se dice un matrimonio feliz. Ella es normal, para mi gusto, muy linda, bajita, rubia de ojos marrones, un cuerpito manejable, y muy bien mantenido para su edad y 3 hijos.
En el sexo tuvimos la suerte de congeniar, nunca tuvimos vergüenza de decirnos las cosas que nos gustan, las posiciones que más nos complacen ni tabúes para las fantasías. Soy de los que todas las noches tienen ganas de echarse uno antes de dormir y por suerte mi mujer me ha complacido sin problemas, es decir que no me puedo quejar.
Siempre tuve en mente la fantasía de hacer un trío con otra mujer, pero los celos de mi esposa no daban lugar más que para la fantasear imaginándonos alguna historia mientras hacíamos el amor. Yo fui insistiendo con delicadeza, con la idea de no lastimarla ni hacerla sentir mal, pero seguí con las historias calientes al momento de estar juntos en la cama. Le decía lo que se sentiría tener una lengua en su concha mientras yo la penetraba, lo fuerte que acabaría, cosas por el estilo...
No puedo decir qué pasó para que un día en medio de un polvo antológico mi mujer ante mi insistente pregunta de si se animaría, me preguntó ¿Cómo sería?, ¿Dónde? ¿Con quien? Casi me desmayo ante la posibilidad que se me presentaba, le respondí con cuidado, como para no matar ese momento frágil que sabía estaba en mis manos. Le fui sincero, le dije que no me importaba una persona en especial, solo me importaba que fuera alguien que a ella la hiciera sentir bien, que fuera respetuosa, cuidadosa, que a ella le agradara y por sobre todas las cosas, que no la conociéramos. Le dije que no la quería para mí, que me contentaba con mirarlas, con verlas hacerse el amor, mientras fuera algo dulce y erótico. Ante mi sorpresa me dijo que lo iba a pensar y que me contestaría.
Fueron 2 días inquietantes hasta su respuesta. No quería sacarle el tema por temor a apurarla y que me dijera que no, pero al mismo tiempo tenía miedo de que se enfriara la idea, en fin, fue un tormento ante la incertidumbre... hasta que a las 2 noches de esa conversación me dijo que me quería hablar. Nos sentamos en el living de mi casa después de hacer dormir a los chicos y un licorcito de por medio, me miró a los ojos y me dijo que había estado pensando en lo que le había dicho. Mi corazón latía a mil por hora, quien haya pasado por algo parecido me va a entender. Me miró con picardía y con ternura a la vez y me dijo: Sé que es un sueño que tenés desde hace mucho y lo estuve pesando y creo que no me gustaría que fueras por ahí con otras mujeres para cumplirlo, así que, sí, me animaría a hacerlo, pero con ciertas reglas...
Las reglas fueron claras y de buena fe; nada que no se entendiera; quería dejar en claro que debía ser una persona totalmente desconocida y por lo tanto una persona paga, que sería en un hotel, tenía que aclararle que si se echaba atrás no habría reclamos de mi parte, le pagaríamos y se iría; por supuesto debería ser una persona agradable, suave, y yo no intervendría con ella. Accedí a todo, y si me hubiera dicho que le tenía que bajar la luna, también le hubiera contestado que sí. Acordamos para el fin de semana y que me ocuparía de conseguir una persona, sin explicarle como ni donde la buscaría. Durante esos días recorrí cada rincón de Buenos Aires y hablé con tantas mujeres del ambiente como pude, hasta que la encontré, justo lo que buscábamos, suave, bisexual, de muy lindas maneras, linda, en fin, un sueño de mujer. Le expliqué toda la historia con lujo de detalles, no quise mentirle en nada para que no hubiera sorpresas que arruinaran esa primera vez. Acordamos el día, la hora, el lugar y los honorarios.
A la noche le conté todo a mi mujer, como era, cuanto habíamos acordado, el día y la hora. La sorprendí con el lugar. Todos los años nos íbamos al hotel Sheraton del centro a pasar nuestro aniversario de casados, nos quedábamos el fin de semana y descansábamos en un hotel 5 estrellas como si fuéramos turistas. Bueno, elegí el mismo hotel sabiendo que se sentiría bien de estar en un lugar sumamente agradable. Estuvo de acuerdo y no preguntó más, ahora había que esperar que llegara el día... Y llegó. Pasé el día más largo de mi vida y como un zombi. No me pregunten que hice ni que directivas di en la oficina, porque un nudo en mi estómago no me dejaba ni respirar. Mi mujer me dijo a la mañana que yo me adelantaría al hotel, ya que la habitación había que tomarla al mediodía y nuestra cita era para las 21hs. Ella vendría a las 20hs, porque no quería sentir que estaba esperando a otra persona para hacer el amor, y menos a una mujer.
Además quería que cuando ella llegara yo las presentara y que luego me fuera a tomar algo y las dejara solas, y que ella me llamaría al celular para decirme si seguía adelante o no. Tantas emociones tenía al mismo tiempo que no podía contenerme y una idea se me cruzó por la mente. Quería escuchar que hablaría mi mujer con ella en mi ausencia, ¿Qué le preguntaría? ¿Cómo se irían acercando? ¿Quién tomaría la delantera? Todas esas preguntas había en mi mente cuando me dije que tenía que poner algo para poder escuchar, y se me ocurrió uno de esos aparatos para los bebés, que se dejan encendidos y uno se lleva el receptor, y me fui directo a comprar uno.
A las 19hs estaba que arañaba las paredes. Preparé la habitación, me duché y me cambié, probé el equipo para poder escuchar y me di cuenta que no era tan fácil, pero estaba decidido a intentarlo. Cuando llegó mi esposa me sorprendí de lo linda que estaba, no se había puesto nada especial, era ella que irradiaba una sensualidad que podía percibirse en el ambiente. Nos pedimos unos cafecitos, y nos pusimos a charlar, de cualquier cosa menos del tema, me pidió...
A las 21hs le dije, tengo que bajar a buscar a Laura, y cuando ella se descuidó puse el aparatito para escuchar debajo de la cama. Nos dimos un beso y bajé a la recepción del hotel. En ese momento me vino el temor de que Laura me fallara, nos habíamos visto solo una vez, y si bien ese mismo día habíamos confirmado por teléfono, me pasó por la mente que podría no venir. Por suerte no fue así. En cuanto llegué al lobby ahí estaba, alta, muy fina, nadie podía suponer que fuera una mujer paga. Nos dimos un beso, le repetí nuevamente que fuera delicada, lo que me había costado convencer a mi mujer y mis temores de que se arrepintiera.
Laura era un amor en todo sentido, me tranquilizó y me mostró que no me había equivocado en la elección. Subimos al 8º piso y puse la llave en la puerta con un nudo en el estómago. Cuando entramos, mi esposa estaba sentada en un sillón de dos cuerpos que decora la habitación, y mientras las presentaba traté de adivinar en su cara un gesto de aprobación. Pero nada, se dieron un beso con sumo respeto y Laura se sentó al lado de mi mujer. Les serví una gaseosa a cada una y cuando me estaba por servir una para mí, Mónica, mi esposa me dijo: bueno, tal como quedamos, déjanos solas y después te llamo. Y me fui...
En cuanto salí prendí el receptor y me puse a escuchar. Lograba escucharlas, pero había mucho ruido de interferencia en el medio, y en un momento pasó una camarera y me preguntó si necesitaba algo. Realmente tuve miedo de arruinar todo y apagué el aparato y bajé. Nunca esperé tanto que sonara el celular como esa noche; me fui a uno de los bares del hotel y me pedí un café. ¿Qué estaría pasando? Me preguntaba que estarían haciendo, cuando sonó el celular. Era mi socio que me quería explicar algo para cambiar en uno de nuestros locales de venta... Lo corté en seco, no quería ni saber nada de tener ocupado el teléfono, al punto que me dijo: en que andarás vos... Pasaron casi 45 minutos desde que las dejé hasta que me llamó. Yo ya no aguantaba de la curiosidad y recuerdo que me dijo: Bueno, podés subir. Nada más, solo eso. Me preguntaba si era bueno o malo, ya que su voz sonaba tranquila, pero firme.
Cuando llegué a la puerta respiré hondo y entré. Lo primero que hice fue dejar el receptor que tenía en la mano en un placard que hay apenas uno entra, ya que tenía miedo que se diera cuenta Mónica y me preguntara que era eso. La luz estaba más baja y avancé hacia donde estaban ellas. Nunca voy a poder olvidarme de ese momento, estaban las dos en la cama en ropa interior, habían sacado el cubrecama y la sábana de arriba y estaban una al lado de la otra sonriendo y esperando mi reacción. Debo haber puesto una cara de boludo terrible porque se largaron a reír las dos. No lo podía creer, era increíble verlas en bombacha y corpiño y saber lo que se venía.
Mi mujer me dijo: Sentate en el sillón, ponete cómodo y disfrútalo como siempre lo soñaste. Le hice caso y me senté en el sillón que estaba a unos 3 metros de la cama. Voy a tratar de describirles de la mejor manera posible lo que pasó de ahí en más.
Las dos se arrodillaron y se pusieron frente a frente, se miraron un rato y lentamente Laura empezó a acariciar a mi mujer por los brazos, le iba pasando una mano despacio por un brazo, luego por otro, hasta que vi a mi mujer hacer lo mismo con ella. No se sacaban la vista de encima mientras se acariciaban muy despacio. De a poco Laura se fue acercando al pecho de Mónica, casi imperceptiblemente la rozó, mientras la otra mano seguía subiendo y bajando por sus brazos. Con cuidado empezó a pasarle una mano por sus pechos por encima del corpiño; mi mujer se dejaba hacer, y seguía pasándole a ella sus manos por sus brazos.
Ese juego duró para mí una eternidad, hasta que lentamente Laura pasó las manos por la espalda de mi esposa y con cuidado desprendió su corpiño. Sus pechos quedaron al aire por primera vez ante una mirada desconocida, desafiantes y terriblemente deseables. Laura los acarició, los besó, los lamió, hizo todo lo que una mujer sabe del placer hacia otra. Mónica fue pasando del asombro al deseo. Se dejó acariciar, se dejó explorar, se permitió sentir y disfrutar de esas caricias suaves que le iban sacando pequeños gemidos.
Lentamente Laura la hizo recostar y comenzó a besarle el cuello, lo hacía sin ningún apuro, como sabiendo que estaba en sus manos que esa primera experiencia fuera todo lo placentera que se quería. Cuando la besó en la boca yo me sentí morir. Tenía ante mí a dos mujeres que se estaban entregando como si no existiera nadie delante de ellas ni nada más en el mundo que su mutuo descubrirse. Se besaron de forma muy tierna, por momentos podía ver sus lenguas rozándose y dándose placer. Laura alargó las caricias y comenzó a dedicarse al sexo de mi esposa. Primero lo hizo por encima de su bombacha, luego, despacio mientras se seguían besando fue metiendo su mano y ya no la sacó. Podía ver como mi esposa se movía acompañando la mano que la estaba acariciando, como sus caderas habían dejado de lado el pudor y sus gemidos de placer se escuchaban como una música que me llevó la calentura a grados imposibles de contar.
Laura le sacó la bombacha y cuando bajó a lamer su sexo, ya nada podía detenerse. Mi mujer ya estaba entregada totalmente y no había marcha atrás. Laura lamió con maestría, la llevó al borde del orgasmo varias veces y paraba, así la tuvo un rato, hasta que como si hubiesen estado de acuerdo mi mujer se levantó, me miró y me dijo: ahora me vas a ver a mí. La desnudó a Laura y literalmente se la comió. La besó, le chupó los pechos, mordió sus pezones, lamió su sexo como si se le fuera la vida. Quedé sorprendido de lo que se hicieron mutuamente. Por momentos aceleraban y por momentos se detenían; eran dos maestras del placer dándoselos mutuamente. En venganza mi mujer tampoco la dejó acabar a ella, la llevó al borde y la dejó. Yo miraba todo como queriendo guardar en mis ojos todo lo que estaba viviendo, hasta que mi mujer me dejó helado diciéndome: ahora desnudate y vení con nosotras. Yo creí que estaba en un sueño, me saqué todo en un segundo y con el bóxer puesto me acerqué a ellas.
Me dijo: chúpanos un poco a cada una, pero sin hacernos acabar. No necesito explicarles como me sentía, era la gloria, mi mujer invitándome a chupar a otra mujer y encima en su presencia. Lo hice lo mejor que pude, me exigí como si fuera un examen, lamí y saqué quejidos de placer por todos lados. Después me recostaron y me terminaron de desnudar entre las dos. Me hicieron la mejor chupada que recuerdo en mi vida. Primero una, luego la otra, hasta que entre las dos lamieron mi tronco mientras veía sus lenguas rozarse.
Cuando no daba más les supliqué que me hicieran acabar, y como premio fue Laura la que por pedido de mi esposa se me subió en un 69 y ahí sí, disparé mi leche como para la eternidad. Nunca, nunca sentí salir de mi interior tanta leche junta. Me dejaron vacío, pero al palo. No se me bajó ni un poco de la calentura que tenía y mi esposa me dice: ahora quiero que nos cojas a las dos. Era demasiado, todo junto y en un momento de cordura llegué a la conclusión que después de la calentura no le iba a hacer gracia que yo me hubiera cogido a otra mujer, más que siempre le dije que mi ilusión era verla a ella con otra, y que yo no me moría por participar. No sé como hice, pero le agradecí y le dije que no, que yo solo cogía con ella y que Laura era de su exclusividad. Me cogí a mi esposa en todas las formas posibles mientras Laura nos besaba, nos chupaba y mientras nosotros la chupábamos a ella.
Acabaron como desesperadas, los gritos, si no se sintieron fue un milagro. Fueron dos orgasmos para cada uno, todos para no olvidarse ya que cada uno tuvo lo suyo. Cuando mi esposa acabó por segunda vez, me miró y me di cuenta que la fiesta tenía que terminar. En sus ojos había tranquilidad y había desaparecido el brillo de la lujuria, y a buen entendedor... A Laura le di algo más que lo que habíamos acordado, ya que lo merecía con creces, y con un fuerte beso se despidió de mi mujer. No me había equivocado al no cogerme a Laura, cosa que me agradeció mi esposa cuando estuvimos solos y más tranquilos.
Charlamos largo de lo que acabábamos de hacer y estábamos los dos satisfechos. Le saqué una promesa de repetirlo algún día, sin decir cuando y si bien la cumplió esa será una historia para otro día. RELATO DE REGALO
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