CON MIS TÍOS
Después de leer algunos relatos que hacen referencia a las primeras experiencias sexuales, he estado recordando como fueron las mías, hace ya años de los 26 con que cuento ahora y memorando con que intensidad las vivía entonces, como jovencita, cualquier acontecimiento. No sé exactamente el momento del comienzo de mis impulsos, si el momento de la primera relación que ocurrió apenas acababa de cumplir los 18 años.
Hasta ese momento todo había circulado entorno a la fantasía y el deseo, las caricias sobre mi propio cuerpo, jugueteos con alguna amiga, algún roce en algún baile de boda, y a la masturbación que encontraba en la oscuridad de mi cuarto, antes de dormir, el lugar de la satisfacción. Allí lanzaba mi imaginación mientras mis manos buscaban mis zonas más erógenas, pensando que eran las de algún conocido las que pasaban por mi piel acariciándome frenéticamente.
Estaba de vacaciones con mis tíos, María y Juan, hermana menor de mi madre, una pareja alegre y divertida, sobre todo ella, con la que no era difícil compenetrarse ya que a pesar de llevarme 10 años ella y 12 él, me trataban como una igual. Hablaba con María de cualquier tema con toda naturalidad, ella me contaba sus cosas y yo le contaba las mías. Le había relatado mis salidas con chicos, lo que ellos me suscitaban, lo que intuía que deseaban, mis comentarios con las amigas sobre ellos, lo que nos gustaba y lo que deseábamos, e incluso en el colmo de la confianza, después de semanas de confidencias había terminado por confesarle en un momento de relajamiento como me satisfacía a solas cuando la fantasía tomaba estos derroteros.
En justa correspondencia, ella que se solía extender en las experiencias juveniles paralelas a las mías, las de sus primeros novios, y los jugueteos con amigos; ahora profundizó más relatándome alguna de las cosas que compartía con Juan, como la acariciaba, que cosas se hacían, las que se decían y como terminaban gozando el uno del otro.
A partir de aquí, cada día, ahondábamos más en la conversación y nos íbamos enterando de las intimidades de cada una entre risas pícaras y bromas. Una de las cosas que más me llamaba la atención a mi mentalidad de entonces, era el grado de confianza que mantenían y lo liberales que parecían ser, pues en los juegos que se entregaban fantaseaban con conocidos simulando el deseo de ser acariciados por ellos, tocados o estimulados; o se preguntaban como le haría el amor él o ella, e incluso habían dado acogida en alguna ocasión a algún extraño en el juego de la pareja como aliciente ocasional que aumentara el estímulo.
Idea que, si bien me resultaba rechazable en principio, poco a poco fui aceptando como un hecho que debía de ser admisible, e incluso fue despertándome un cierto interés que tendía a traer mi fantasía de soledad y que me llevó a tratar de indagar con distraídas preguntas sobre él, que a pesar de todo no pasaron desapercibidas y que poco a poco fueron siendo satisfechas; más tarde me daría cuenta; cuidándome de modo que no me viese enredada en algo que no quisiera, pero manteniendo el hilo que me permitiese continuar si lo deseaba.
Así, María, me contaba como al hablarle su marido, mientras la acariciaba, que había fantaseado como un conocido le hacía el amor y la estimulaba elevando el deseo. O de cómo el empleo de palabras soeces, groserías y obscenidades en la conversación amorosa, no solo no resultaban rechazables, sino estimulantes. O de cómo un tercero, ocasional, bien elegido no era un obstáculo sino un invitado de la pareja. Y de ahí se iba despertando un interés en mi por conocer cada vez con más detalle cada uno de los aspectos de esta relación, en la que me iba imbuyendo cada vez más, encontrando a la vez excitante la conversación, pues los detalles removían mi interior y las imágenes que evocaba terminaban por hacer que humedeciese las bragas.
En una de las cenas, estando los tres en esta ocasión, la conversación derivó hacia ese terreno, aunque la voz siempre la llevaba María limitándose Juan a escuchar o ratificar sus comentarios. Después de tocar el tema ligeramente y afirmar que ellos habían hablado sobre las charlas que manteníamos María y yo, insinuando el agrado de ambos, indagó acerca de mi opinión al respecto, que aún no habiéndola detallado, conocía. Ratifiqué, no solo la opinión que tenía, sino la creciente admiración que había ido despertando el tipo de relación que mantenían como pareja, así como la confianza que demostraban el uno en el otro, sin la cual, esta hubiese representado un foco de ruptura; así como lo excitante que me resultaba el juego que ponían en práctica continuamente para conseguir un mayor umbral de placer.
De este modo nos encontramos los tres, con el tiempo, enfrascados en una charla donde las explicaciones de las sensaciones y placeres fluían sin tapujos y que dio lugar a la oferta por parte de María, yo creo que premeditada aunque nunca me lo confirmó, de que presenciara a modo de mirona uno de sus encuentros en el que no les importaría que participase si es que en algún momento lo deseaba, a lo que accedí internamente interesadísima, externamente retraída y muy nerviosa y excitada.
Terminamos, tomando el café en el salón, ellos en el sofá a un lado de la mesa y yo en un sillón enfrente, donde con toda naturalidad, la conversación comenzó a derivar en besitos entre ellos, que de ocasionales se fueron convirtiendo en continuos, llegando un momento que ambos se entregaban la lengua desaforadamente, mientras yo, en silencio un poco encogida, observaba atentamente empezando a disfrutar de lo que veía. Mientras se entregaban la lengua, Juan comenzó a recorrer con su mano los costados de María, y ésta a reconocer el pecho descubierto, por la camisa abierta de Juan, quien deslizó su mano hasta la camiseta de ella, que extrajo del interior de la falda tirando; Se la subió por encima del sujetador y elevó este descubriendo los hermoso pechos de María por debajo de él para comenzar a acariciarle los pezones a dos manos entre el índice y el pulgar de cada una, sin dejar de besarla nunca apasionadamente.
Caricias que despertaron el agrado de María, que se entregó más ardiente a comerle la lengua. Para después de un rato, ser ella la que le chupaba los pezones mientras su mano se deslizaba sobre la bragueta de Juan, recorriendo el alargado bulto, que abierto de piernas se apreciaba sobre el pantalón, sobándolo con fuerza, mientras recibía los apretones de la mano de su marido en una de sus tetas. Estas escenas habían hecho que mis bragas se empapasen mientras las observaba absorta y excitada. Y más cuando ella, acercándose al oído, le dijo, lo suficientemente fuerte como para que llegara al mío.
•¡Que bien me tocas, cabrón!
Insulto que no por conocido a través de las conversaciones de sus relaciones, causó no poco efecto. Era yo, la que deseaba sentir sus labios en mis pezones y palpar el bulto que aparecía en su pantalón. El deseo me había calentado la vulva, que notaba acorchada y húmeda.
Juan tiró de la falda de María, mientras ella le tocaba, que fue subiendo descubriéndole los muslos hasta dejar sus bragas celestes al aire. Dejó la falda y le coló la mano entre las piernas, que María abrió dejándole espacio, buscó con su anular la raja de esta y lo pasó por ella repetidamente haciendo que la sensación la obligase a arquear el cuello levantando la cabeza. Después excitada buscó el cinturón del pantalón de su pareja y sin dejar de sentir los dedos que le rozaban el chocho, fue deshaciéndose de obstáculos, hasta bajar el pantalón de las caderas dejando al descubierto un pijo grande y tieso, que me pareció admirable, tiró de la piel hacia abajo y le descubrió la punta redondeada y brillante, queriendo encontrar donde entrar. Estaba el sentado en el sofá con las piernas abiertas ofreciéndole a María su enorme erección, de la que colgaban en sendas bolsas los testículos que empezaban a contraerse, mientras ella de rodillas a su lado, de cara a él, le masturbaba el rítmicamente el crecido falo, sintiendo entre las piernas la mano extendida de Juan, que tras desplazarle la prenda él había colado uno de sus dedos en la vagina y lo giraba dándole placer.
La escena me tenía ardiendo, deseaba ser yo la que sintiera su dedo y acariciara su rabo. Aún así no me atrevía a dar el paso, cuando María se volvió ligeramente y con los ojos aún entornados y una sonrisa, desde donde estaba me alargó la mano sin decir nada, en llamada. Me levanté y se la cogí en signo de aceptación, y de ella me llevó hasta hacerme sentar al otro lado de su marido para después ponérmela en su polla que sentí rozar en mis dedos, se la rodee con ellos y mientras María me cogía de la barbilla y me besaba los labios suavemente, sentía en mi mano la dureza de su erección, los abultamientos de sus formas, y la suavidad del lubricante que la excitación le había hecho soltar.
Los besos de María, me obligaron ponerme de rodillas como ella para recibirlos mejor mientras seguía extasiada en tan excitante tacto, cuando sentí como la otra mano de Juan me subía entre los muslos hasta rozarme la raja, noté como su dedo me la recorría repetidamente, se desplazaba al borde de la prenda, la ladeaba y comenzaba a pasar entre los labios húmedos y calientes obligándome suspirar mientras me abría un poco dándole paso. Apoyó la otra mano en mi cabeza y comenzó a empujarla suavemente dirigiéndola, llevándola hasta colocar mi boca frente a su polla. La abrí dejándola entrar y a chupé.
Nadie me había tocado de manera directa hasta entonces y el roce sus dedos en mi chocho, los míos en su miembro, y lo anteriores besos de María, me estaban llevando al clímax, sin darme cuenta estaba suspirando y colocando mi vulva, abriéndome más, para sentir. El placer se estaba incrementado en mi interior con cada roce del dedo de Juan en el clítoris, me ascendía de manera que me veía impulsada a mover las caderas aproximando el roce de sus dedos una y otra vez. Buscó con su anular la entrada de mi vagina y comenzó a colármelo.
Sentí como se abría paso dentro de mí, y sujeta con una mano a su pija y apoyada la otra en su hombro, levanté el cuerpo, arqueando el tronco y el cuello dejando que el gusto me invadiese mientras me movía sintiendo el roce de su dedo entrando y saliendo, gemía y me retorcía de gusto, mientras ellos conscientes de mi orgasmo se concentraban en mi, hasta que llegué al límite en una extensión de todos mis músculos que acompañó un largo gemido como límite de un intensísimo placer que reventó en mi vientre dejándome extasiada por unos segundos, tras unos espasmos de mi vagina alrededor del dedo que seguía en su interior. Ellos reanudaron sus sobeteos y manoseos, olvidándose de mí y tras un tiempo volví al juego, cogiendo, ahora con plena confianza el tieso rabo de Juan que empecé a mamar agradecida.
Ahora, Juan, mientras mi boca le chupaba su gruesa, oscura y dura punta, tenía dos dedos metidos en el coño de María, que meneaba en vaivén; quien abierta de piernas sobre el asiento del sofá, con una mano en el respaldo y la otra en el hombro de su marido, ligeramente inclinada, le dejaba chupar uno de sus pezones. Tenía los ojos cerrados y la boca entre abierta, dando la impresión de estar absorta en las sensaciones que en el contacto le estaba produciendo.
•Estoy ardiendo, por favor, necesito que me folles. Dijo María sin abrir los ojos... •Lo voy hacer hasta que estés tan cachonda que no puedas aguantar. Respondió él un tanto agresivo. •Eso es lo que quiero, cabrón... Respondió María intencionadamente tratando de excitarlo.
Juan se terminó de sacar los pantalones y el slip que aún tenía metidos en un tobillo y de quitar la camisa, puso a su mujer de rodillas en el sofá con los codos en el respaldo y de pie por detrás se tomó la polla con una mano buscando el coño de María, la apuntó y de un empujón la enterró en ella que lanzó un gemido de placer y dolor mezclados, tras lo que inició un lento y profundo bombeo empujando con fuerza, con las piernas abierta, al final de cada movimiento.
Mientras yo que empezaba a sentirme excitada de nuevo por todo lo que estaba viendo y sintiendo, desde atrás acariciaba los testículos de Juan, que se habían contraído y puesto duros de modo que mi mano los sentía presionados en el interior del rugoso escroto. A la vez el exterior de mis dedos rozaban los abiertos labios de María humedeciéndose en su sedosa lubricación. Comencé a masturbarme pasándome los dedos corazón y anular por el clítoris. Y María continuaba con sus excitantes groserías mientras arqueaba la cintura al buscando sentir el roce de la brusca penetración de su marido.
•¡Hijo de puta, que bien me follas! ¡Que gusto me das... Como siento tu polla!
Esto parecía causar el efecto deseado en Juan, que al oído de tales estímulos, embrutecía sus embestidas chocando contra las nalgas de su pareja, que en espiral creciente continuaba gimiendo con entrecortados incrementos en cada choque. Hasta que estos después de acelerarse hasta convertirse en un jadeo, agarrada con los dedos contraídos en la tapicería, acabó por exhalar un largo gemido como culminación del placer, tras el que quedó desmadejada sobre el sofá en posición en el que él pudiese seguir dándose gusto y follándosela.
Pero Juan se salió de María, volviéndose hacia mí tocándome las tetas y besándome, a la vez que me preguntaba si quería sentirla dentro. Le dije que si, no deseaba otra cosa. Se volvió hacia el pantalón, del que extrajo un preservativo que se colocó frente a mí con rapidez para volver de inmediato a tocarme y a besarme. Mientras lo hacía, me fue volviendo hasta colocarme en la misma posición en que estuvo María, que ya recuperada se acercaba. Una vez de rodillas en el sofá con los codos en el respaldo solo notaba las manos de Juan recorriéndome las caderas, los muslos y la raja, mientras esperaba el contacto de su deseado rabo.
Noté como me lo pasaba entre los labios, y el deseo me obligó a arquear la cintura ofreciéndole la entrada. Noté como me la apuntaba en la entrada de la vagina y como su cabeza se situaba en ella iniciando la entrada. Empecé a necesitar que me follara, por lo que me arqueé ofreciéndome todo lo que pude aproximándole mi entrada. Sus dedos gruesos asidos a mis caderas sujetándome fuertemente tiraron de mí hacia atrás mientras él adelantaba las suyas haciéndome notar como el volumen de su rabo me iba penetrando, llenándome, abriéndose paso lascivamente, avanzando cada vez más hasta enterrarse dentro de mí. Noté como su pelvis se aplastaba contra mis nalgas.
Los objetos con que hasta ahora me había masturbado no tenían nada que ver con la sensación que me estaba procurando aquella penetración. Notaba el poder de sus manos, la fuerza de sus brazos apretándome contra su cuerpo y la presión de su polla en mi interior que con cada empujón parecía crecer y endurecerse para mi placer. No llegaba a retirar los testículos de mis nalgas, solo aflojaba en empuje y volvía a reiniciarlo de modo que en el envite se le empalmaba el falo haciéndome sentir atravesada por un toro, por una fiera salvaje. Sin darme cuenta estaba gimiendo atravesada por el placer de modo que mi vientre estaba invadido por un bestial orgasmo que me obligaba a convulsionarme en espasmos repetidos de mis abdominales que acababan en mi vulva.
De pronto noté como él se contraía, sus músculos se tensaban, los envites se violentaban hasta el extremo de que sus manos me hacían daño al apretarme. Desplazó una mano hasta mi hombro atrayéndome brutalmente contra él, me clavó la pelvis en las nalgas introduciéndome su polla todo lo que pudo, dio dos salvajes empujones, el último violentísimo y noté como se corría en espasmos repetidos dentro de mi vagina mientras me sujetaba firmemente. Después de unos segundos aflojó la presión y sujetándome con su rabo dentro aún me hizo desplomar a su lado en el sofá. Apareció María frente a mí de quien había perdido la noción de su existencia, y sonriendo me besó en los labios.
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