LA INFIDELIDAD DE MI MUJER LO CAMBIÓ TODO

Desde hace años mi mujer (a quien llamaré Ana) y yo venimos fantaseando con tener sexo con otras personas. Pero siempre ha sido eso: un juego excitante de fantasías. Cuando estamos calientes, mientras lo estamos haciendo, soñamos despiertos con vernos en medio de tríos, intercambios de parejas o, incluso, una pequeña orgía.

Pero hasta el momento siempre han sido fantasías inocentes. Sin llegarnos realmente a plantear hacer algo así. Aunque esta pasada primavera, a mediados de junio, todo cambió repentinamente. Tengo tan vivo el recuerdo como si hubiera sucedido ayer. Era un jueves. Uno de los realmente primeros calurosos días del pasado junio. Mi mujer estaba trabajando. Yo había pedido unos días porque tenía un familiar hospitalizado. Por lo que me pasaba todo el día en el hospital. Desde la mañana hasta altas horas de la noche.

Aquel jueves, sobre las 10 de la mañana recibí una llamada de Miguel. Miguel es un vecino que vive en un pueblecito de la sierra norte de Madrid, donde tenemos una casita de descanso para pasar algunos fines de semana. Miguel me dijo que había un coche que él no conocía en la puerta de nuestra casita. Y que había varias persianas subidas. Y que cuando él había llamado a la puerta, no le habían abierto. Todo esto le parecía tan extraño, que no sabía si llamar a la Policía o a mí. Le tranquilicé y salí disparado del hospital.

Intenté llamar a Ana. Pero me daba móvil apagado o fuera de cobertura. Por lo que me di cierta prisa y llegué en una hora aproximadamente. En el trayecto no sabía si llamar a la Policía, o qué hacer realmente.

Vi el coche parado en la puerta. No lo conocía. Vi dos persianas levantadas. Miré bien todas la ventanas. Miré la cerradura. No había nada forzado. Nada roto. Por lo que me tranquilicé; pues en apariencia, no se trataba de ladrones. Pero entonces, ¿qué estaba sucediendo? Nervioso. Tal vez también con un pequeño temblor de miedo. Me decidí. Con cautela y sigilo metí mi llave y abrí la puerta. La abrí muy despacio. Por suerte no hizo ningún ruido. Me descalcé. Caminé de puntillas, en silencio, conteniendo la respiración.

Nada en la cocina. En el salón un bolso de mujer negro. Lo miré más de dos veces antes de acercarme a él. No había duda: era el bolso de mi mujer. Pero, ¿qué hacía allí? Mil ideas se pasaron por mi mente. Y de todas ellas la que más se repitió fue la de pillarla con otro hombre.

Salí del salón. Caminé por el largo pasillo que conducía a las habitaciones y al jardín trasero de la casa. A mitad de camino comencé a escuchar unos ruiditos muy familiares. Eran los gemidos, los grititos de Ana. Me detuve. Intenté cerciorarme de lo que escuchaba. No había duda. Era Ana y lo estaba pasando muy bien. Pero que muy bien a juzgar por el aumento del tono de sus gritos. Y no estaba sola. Se oía una voz masculina.

Me enfadé. Me cegué de celos. Pensé en entrar de golpe a la habitación, tal y como me sentía, lleno de cólera. Pero intenté serenarme. La puerta del dormitorio estaba abierta. Pasé de puntillas y me metí enfrente, en un baño. Me senté en la taza. Desde allí contemplé todo. Estaban tan metidos en lo que estaban haciendo que no se dieron cuenta de mi presencia.

Allí, observando como mi mujer me era infiel, un mundo de sentimientos recorrió mi cuerpo. Pasé del enfado mayor de mi vida a sentirme como un cornudo apaleado sumisamente. Pasé de sentirme el hombre más celoso del mundo, a aceptar que era una escena altamente sensual. Mi mujer, a la que apenas podía ver, estaba a gatas en el suelo, con la cabeza apoyada en la cama. Un hombre de anchas espaldas y atlético estaba arrodillado detrás de ella, penetrándola mientras la azotaba tímidamente el culo. Comencé a recordar nuestras fantasías. Comencé a recordar nuestros juegos. Sentí una subida del calor. Sentí una excitación mayor de lo que recordaba haber sentido jamás.

Entonces, Ana gateó hasta subirse a la cama. Después se sentó en el borde del lateral derecho según yo miraba. El hombre, quizás un poco más joven que nosotros, se puso en pie y se plantó delante de ella. Ana cogió su polla con una mano y comenzó a lamerla con tanta parsimonia, con tanta habilidad como yo no recordaba. Y me di cuenta que su amante tenía una polla tan grande que llamaba la atención. Ana, al sujetarla con su mano, no era capaz de rodearla, de lo gorda que la tenía.

Durante varios minutos Ana siguió lamiendo lentamente su polla. De arriba hacia abajo. Se detenía en los huevos. Los lamía también. Y volvía hacia ese capullo descomunalmente grande. Entonces se lo metía en la boca. Lo absorbía. Lo devoraba. Mientras su mano acariciaba diestramente los genitales. El desconocido jadeaba con la cabeza hacia atrás y las manos sobre la cabeza de Ana.

Y de repente, la polla del hombre comenzó a desaparecer dentro de la boca de mi mujer. No desapareció toda. Era demasiado larga. Y poco a poco fue saliendo de su boca como si fuera un número de ilusionismo, con lentitud… Repitió el proceso varias veces más, sin dejar de acariciarle los genitales. Y deteniéndose en lamer lascivamente su capullo cada vez que se lo sacaba de la boca. Después de esto comenzó con mayor rapidez a meterse y sacarse aquella polla de la boca. Cada vez más rápido. Hasta alcanzar un ritmo tan frenético que creí se rompería el cuello.

Al final, él la apartó un poco, y lanzando un prolongado gemido, entrecortado, se agarró la verga y llenó el cuello de mi mujer con su semen. Aún con el semen deslizándose hacia sus pechos, Ana agarró con dulzura su polla aún erecta y se la mamó con la mayor de las delicadezas que cualquiera pudiera imaginarse.

No recordaba que Ana me hubiera hecho una mamada tan excitante jamás. O al menos eso me había parecido. Lo cierto era que haber sido un testigo no invitado de tal mamada me había excitado más que nunca en mi vida. En cuanto mi mujer dejó de saborear aquella polla. Que fue cuando comenzó a relajarse y perder su erección. Ella se echó en la cama hacia atrás y le pidió al hombre que la comiera el coño hasta correrse.

El desconocido se arrodilló. Metió su cabeza entre los muslos de Ana. Ella jadeaba. Movía la cabeza con desesperación. La muy…, estaba tan caliente como yo. En una de esas ocasiones en que su cabeza se quedó mirando hacia donde yo me encontraba, sus ojos se abrieron y me vio. En un solo movimiento, apartó al hombre de sí, se levantó de la cama y se acercó temblorosa y tapando con las manos sus pechos y coño desnudos hacia la puerta de la habitación.

Yo me acerqué. Nos quedamos los dos en la misma puerta. Apenas a unos centímetros de distancia. Frente a frente. Ana pálida. Temblaba. No le salían las palabras. Detrás de ella, el otro hombre nervioso, intentaba encontrar su ropa. Se cayó al suelo. Y finalmente se sentó en la cama y se cubrió con la colcha.

-Te pu… No sé como… -intentó decir tartamudeando ella. -No te enfades. Deja que se vaya y hablamos a solas –acertó finalmente a decirme sin poder mirarme a los ojos. -Ni estoy enfadado. Ni estoy molesto –dije estúpidamente yo. -Por alguna extraña razón, que no alcanzo a comprender, lo que estoy es altamente excitado –añadí señalando el bulto de mis pantalones.

A mi mujer le cambió la cara. Pareció serenarse. Aunque sus manos aún tenían cierto temblor. La pedí que se sentase junto a su amante en la cama. Les dije que sólo quería respuestas. Sólo eso. La advertí que quería sinceridad, por duro que pudiera parecer. Pues si alguna posibilidad había de salir airosos de todo aquello, era que yo tuviera la certeza de su sinceridad. Y comencé con mis preguntas:

-¿Cuántas veces habéis hecho esto?

Se miraron. Él hizo un gesto con la cabeza para que ella contestase.

-Esta es la tercera vez. -¿Cuándo fue la primera? -En diciembre, tras la comida de navidad. -¿Ha habido otros hombres? -Jamás. –contestó Ana rotunda y rápidamente. -¿Y por qué ha pasado? -No lo sé. –pareció pensar. –Yo nunca había estado con otro hombre que no fueras tú. Y llevamos tiempo fantaseando con hacerlo con otras personas. Y aquella tarde-noche, la fiesta, el alcohol…No sé…Simplemente pasó.

-Y te gustó y has repetido.

Ana simplemente asintió bajando la mirada. Un tenso silencio llenó la habitación.

-¿Por qué no me dijiste que eran algo más que fantasías? ¿Por qué no me dijiste que verdaderamente sentías curiosidad por hacerlo con otros hombres? -Porque ni yo misma lo tenía claro. Yo también pensaba que sólo eran eso: fantasías. ¿Por qué no dejas que se vaya él y lo discutimos a solas? -Porque me habéis puesto muy cachondo. Porque estoy muy excitado. Y porque si realmente tienes ganas de salvar nuestro matrimonio, lo haremos a mi manera. Si te parece…

Ana asintió.

-Lo primero, -comencé a decir mientras me desnudaba –quiero que tu amigo continúe comiéndote el coño hasta que te corras. Y mientras él lo hace, quiero que tu me hagas una mamada como se la has hecho a él.

Y lo hicimos. Ana se recostó de lado, con las piernas muy abiertas. Su amante comenzó a lamerla el coño, mientras ella me regalaba una de las mamadas más maravillosas de toda mi vida. Era mucho más excitante que nuestras mejores fantasías. Ella haciéndome posiblemente el mejor trabajo de su vida, mientras yo contemplaba al todavía para mí desconocido, comiéndola el coñito… Todo aquello había descolocado sin duda a Ana. Pero la había puesto tan caliente, que la oía gemir ahogadamente como una loca. Y se corrió. Sin soltar de la mano mi polla, apartó su boca, gimió gritó, su cuerpo se curvó y finalmente cayó casi sin sentido sobre la cama.

Me di cuenta que su amante, al incorporarse, presentaba nuevamente una buena erección. Y sin pensarlo, se me ocurrió, y le pedí que se tumbara en la cama. Y a continuación le pedí a mi mujer que se pusiera encima y le cabalgara un poco. Ana me miró con una pícara y sorprendida sonrisa. Pero no dudó más de dos segundos. Se sentó sobre su polla y dejó que ésta desapareciera toda entera dentro de su coñito. En cuanto la sintió toda dentro, Ana comenzó a deslizarse por ella como el niño que saborea el primer helado del verano. Con delicadeza, disfrutando de cada milímetro de aquel helado de carne y hueso.

Yo me fui al cuarto de baño. Cogí el bote de aceite corporal. Me eché un poco en las manos. Me puso detrás de mi mujer y lubriqué su estrecho agujerito anal. Ana supuso lo que tenía en mi mente. Por un momento detuvo sus movimientos. Me miró y me dijo:

-No estarás pensando…

Simplemente asentí.

-Sabes que sólo me gusta que me metas un dedo. Que me duele cuando lo has intentado.-Sí. Pero. Ahora mando yo. –contesté.

Me arrodillé detrás de ella. Con las manos separé sus cachetes. Ella se inclinó hacia abajo, pegándose a su amante, totalmente resignada y entregada a su suerte.

Con toda la delicadeza de que fui capaz comencé a penetrar su virgen culito. Me costó un poco. Pero el aceite ayudó. Y pasado un primer punto muy estrecho, mi polla pareció ser engullida por su culo. Un grito, más de dolor que otra cosa, salió de la garganta de Ana. Me quedé inmóvil. Los tres parecíamos estar en una foto. Hasta que ella fue la que dejó de lanzar grititos lastimeros. Comenzó a moverse muy despacio. Sus quejidos fueron dando paso a gemidos de placer. Hasta que los sonidos de su boca volvieron a ser los sonidos más dulcemente lascivos y lujuriosos que jamás la he escuchado.

Y en eso, practicando nuestro primer trío, nuestra primera doble penetración, no pude más y llené el culito de Ana con mi semen. Poco después, mientras yo me relajaba, Ana cabalgó a su amigo hasta que volvió a correrse, y mientras ella lo hacía, él la empujó para quitársela de encima, y regó las sábanas con su segunda corrida.

-Ahora, ya sí puede irse –dije, mirándole a él.

En cuanto nos quedamos a solas, Ana comenzó a gimotear. A pedirme perdón. A decirme lo mucho que me quería y lo arrepentida que estaba de todo.

-No quiero tus disculpas. El mal está hecho. Ahora simplemente quiero tragármelo y aprender a vivir con ello. Quiero recuperar la confianza en ti. Y quiero dos cosas más para intentarlo. -¿El qué? -Lo primero: que antes de marcharnos, metidos en la ducha me vuelvas a hacer una mamada como la de antes. -¿Y lo segundo? -Lo segundo: quiero resarcirme de la ofensa de tu infidelidad. -¿Qué? ¿Cómo? -Siéndote infiel. Pero contigo delante. Quiero hacerlo con otra mujer. Pero delante de ti.

Ana, creo que se sorprendió tanto de aquello que no supo qué decir. Aunque finalmente reaccionó y dijo:

-Y la mujer, supongo, que sería Esther, ¿no? -Sí. -Lo podemos pensar y no precipitarnos. No digo que no lo hagamos. Pero deja primero que digiramos todo esto. Y después lo organizamos –me pidió, ella.

Esther es una vecina que tenemos desde hace más de dos años. Una guapísima morena de 31 años, que lleva separada poco más de un año. Y que en alguna ocasión ha dicho, y muy en serio, que yo le daba tanto morbo, que si algún día Ana la dejaba, no le importaría montárselo conmigo.