LOS RELATOS
Mi nombre es Alberto, tengo 39 años y mi pareja se llama Carla y tiene 34 años, rubia, alta y muy bien proporcionada.
Vivimos nuestra sexualidad de una manera un poco especial…nos gusta mucho jugar.
Jugamos a imaginar situaciones muy calientes…y a veces estas situaciones las ponemos en práctica. Recuerdo que un día le dije que saliera sin bragas y sin sujetador…y que llevara puesta una faldita muy cortita. Acabamos sentados en un bar, donde desde otras mesas le podían ver todo su coñito. Ella mantenía las piernas entreabiertas según mis indicaciones, obedeciéndome en todo momento. Ese era un juego muy inocente, pero que estoy seguro que a más de uno le ha supuesto hacerse una buena paja.
Desde hacía algún tiempo, en nuestros polvos usábamos a terceras personas, generalmente conocidas, pero nunca pensamos que esas fantasías se harían realidad.
Pasó durante un fin de semana en el que habíamos bebido más de la cuenta, habíamos quedado con un amigo para cenar, después de la cena llevábamos 2 botellas de vino y empezó a caldearse el ambiente.
Sin querer coincidieron mi amigo Pedro y Carla en el mismo sofá muy junto y riendo constantemente, yo lo miraba desde una butaca y notaba que Carla estaba muy caliente, rozaba constantemente su pierna con la de él. El hecho de ser verano y que ella llevara una mini y él un pantalón corto ayudó a que la situación fuese cada vez más peligrosa, a mí se me puso el pene muy duro, imaginando como podría estar mi amigo. Ella jugaba sin descanso hasta que en un descuido ella le vio una tremenda mancha en su pantalón.
Inocentemente se lo dijo y empezó a intentar limpiársela con una servilleta, hasta que se dio cuenta que la mancha venia de su interior y que cada vez se agrandaba más. Carla no hacía más que empeorar la situación, hasta que se dio cuenta del porque…ella era la causa.
Sin saber como estaba acariciando el pene de mi amigo sobre el pantalón, y él la miraba a ella y muy avergonzado me miraba a mi. Yo no podía dar crédito a lo que veía, Carla estaba manoseando una polla que no era la mía, y delante de mi. Ella acariciaba sobre el pantalón toda la longitud de su miembro.
Cuando Carla me miró a los ojos y vio mi cara de aceptación entendió que era una situación en la que podíamos disfrutar mucho los tres, me levanté y me acerqué a los dos. Por debajo de la camiseta le aprisioné los pezones y se los estrujé fuertemente retorciéndoselos tal como yo sabia que a ella le gustaba, de su boca salió un gemido de placer que animó a Pedro a tocar también. En un momento me vi compartiendo mi más delicioso tesoro, los pechos de Carla. Ella se dejaba hacer sin ningún tipo de condición, tocando cada vez más osadamente el pene hasta hacerlo salir por el lateral de la pierna del pantalón, al verlo sus ojos expresaron un deseo incontenible que demostraba lo caliente que estaba.
En ese momento me levanté y cogiendo a Carla de su coleta la hice ponerse de pie, frente a Pedro, le levanté la camiseta y le bajé su faldita hasta dejarla completamente desnuda delante de él, después le hice dar una vuelta como si enseñara la mercancía, volviendo a agarrar su pelo y obligándole a ponerse a cuatro patas, como una perrita.
En ese momento Pedro no pudo más estar pasivo y se levantó para comprobar lo impresionante de nuestro animalito, Carla.
La empezó a acariciar en la espalda llegando hasta sus caderas y pasando la mano por su culito, clavando la mano en su rajita. Después le palpó su suave cuello y siguió por sus pechos que le colgaban sopesando el volumen que tenían y al mismo tiempo estirándolos.
En ese momento y sin soltarle la coleta, como de una correa fuese yo le enseñe lo que a esa perrita le gustaba, le cogí uno de sus pezones entre mis dedos y de una manera un poco bestia, se lo estiré hasta límites impensables. Ella solo se retorcía, pero aguantaba sin ocultar el placer que estaba sintiendo. Él como entendiendo el mensaje cogió el otro pezón e hizo lo mismo, se le notaba un aire de sadismo que demostraba que le gustaba hacer eso.
Creo que nunca había visto algo tan bestial en una hembra. A continuación le dije que mirara lo mojada que estaba mi perrita y él metió directamente sus dedos en el coñito de Carla, quedando alucinado del ruido que hacía al entrar. Ella estaba disfrutando como nunca, dos hombres la estaba manoseando sin contemplación y además uno de ellos descubriendo todos sus secretos.
En el fondo no entendía como podía estar permitiendo todo aquello, pero el alcohol hacía estragos en la voluntad de Carla.
Yo no podía más y en cuanto Pedro le palpaba bestialmente su coñito, me bajé los pantalones y sin soltarle el pelo le clavé mi polla en su boca, ella tubo que abrirla completamente para poder tragar mi herramienta, y casi sin respiración se la saqué para ver lo hondo que había entrado, seguí metiendo y sacándola sin ningún tipo de reparo, disfrutando como si realmente ella fuese nuestro objeto de placer.
Pedro estaba en ese momento chupando su raja de arriba abajo, pasando su lengua por los dos agujeritos y eso a ella la estaba volviendo loca, moviendo sin para sus caderas, como pidiendo algo más.
Al mismo tiempo nuestras manos no paraban de retorcer sus pezones, todo esto fue suficiente como para que nosotros nos sacáramos la poca ropa que llevábamos aún. Ya todos completamente desnudos Pedro y yo nos quedamos de pie, mirándola desde lo alto, ella seguía en cuatro patas, esperando que decidiéramos que queríamos hacer con nuestra perrita.
En eso se me ocurrió ir a buscar una correa de perro que tenía guardada en el armario, y se la puse en su cuello, ahora si, con ese detalle ya lo teníamos todo. Yo la mantenía cogida y os aseguro que la imagen era una pasada. Estiré de ella para ver como se movía por la alfombra, moviendo su culito y balanceando sus pechos, nos puso a mil.
Al final decidimos sentarnos en el sofá, uno al lado del otro, y con la correa la obligué a acercarse. Poco a poco fue acercándose a mi pene, completamente duro, empezó a chuparlo como si fuese un caramelo, a continuación le pasé la correa a mi amigo, y como era de esperar él estiró del collar para que la "Perrita" también le diera placer.
Empezó poco a poco, pero ante la fuerza que Pedro imprimía en su cabeza, se la metió hasta su garganta una y otra vez.
En ese momento yo aproveché y situándome detrás de ella sin que apenas se diera cuenta le clavé de un solo golpe, toda mi polla en su coñito, ella dio un respingo que le obligó a meterse hasta el fondo la polla de Pedro.
Empezamos poco a poco un movimiento sincronizado donde a cada embestida mía ella se tragaba todo el cipote de Pedro.
Al mismo tiempo yo me agarraba de una manera bestial de sus pezones, usándolos como punto de apoyo para evitar que ella se escapara de mi polla. Cuando estaba a punto de correrse, me paré en seco, haciéndole una putada que se reflejo en su rostro.
Ella nos pedía que siguiéramos, pero nosotros queríamos que estuviese mas salida aun, mas necesitada de sexo. Decidí hacer con ella un bocadillo, algo que siempre había deseado.
Sin decirle nada a Pedro, me acosté y la senté encima de mi polla, ella se la metió de golpe, dejando a la vista su precioso culo. Pedro entendió y aprovechó la postura para pasarle la lengua por su culito y poner a la entrada de el su polla, poco a poco se la fue metiendo. Cuando nos dimos cuenta estábamos los dos dentro de ella, follándola por sus dos agujeros, al principio muy suavemente pero a medida que pasaba el tiempo, empezamos a movernos como verdaderos animales salidos.
Ella gritaba de placer, no sabía con cual de los dos estaba disfrutando más, de repente empezó a gemir más fuerte y después de un estremecimiento soltó todo su cargamento de leche, esa fue la señal que desató nuestras corridas, empezamos a soltar chorros de leche dentro de ella, en unos minutos se mezclaron todos nuestros fluidos y sin más fuerza caímos los tres sobre la alfombra, quedándonos completamente dormidos, con nuestras manos tocando nuestras pieles.
A las 7 de la mañana me desperté, allí estaba Pedro, durmiendo, busqué con la mirada y no vi a Carla. Me levanté y la encontré en el dormitorio durmiendo y me acosté a su lado, abrazándola.
Nos despertamos con el olor a café recién hecho, Pedro nos estaba preparando el desayuno.
Sin decir palabra ni mirarnos, nos sentamos a la mesa, entonces después de tomar el primer sorbo de café, comentamos lo borrachos que estábamos la noche anterior, que no nos acordábamos de nada de lo que había pasado y sin más hablamos del tiempo y de los sitios que pensábamos visitar durante el fin de semana.
Solo en la mente de cada uno quedaron los recuerdos de lo que significó aquella noche y seguimos siendo buenos amigos.
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