SOMOS MUJERES PRUDENTES
La verdad es que teníamos poco contacto porque yo trabajo en una empresa en la cual soy secretaria y él cursaba el último año del colegio ya que tiene 18 años. Diariamente lo llevo en mi auto. Se baja cerca de la plaza y desde ahí camina hasta el colegio mientras yo continúo hasta mi oficina. Con él y con mi hermana Celia, tres años mayor, y que es periodista, nos juntamos únicamente a la hora del desayuno, pero ese día, Celia había salido temprano, de modo que solo estábamos Sergio y yo.
Fue terminando de desayunar, cuando se me ocurrió preguntarle que deseaba que le regalara para su cumpleaños el lunes siguiente y él me respondió con una seguridad que me dejó pasmada.
-Quiero que ese día me muestres tus tetas.
No pude decir nada. A pesar de lo desafortunado de su respuesta, cuando íbamos en el auto yo no hice ninguna referencia a ella, haciendo como que nunca me lo hubiese dicho, pero la verdad es que su petición comenzó a darme vueltas en la cabeza cada vez con mayor insistencia.
Yo tengo las tetas grandes, y no se si serán hermosas, porque una mujer no tiene respecto a eso la misma idea de los hombres, yo solo sabía que eran grandes. También se que mis tetas no son bien redondas y son más bien algo ligeramente alargadas, pero no caídas. Son como dos uvas grandes y tersas que a veces parecen empujar mis sostenes, que suelo usar un poco apretados y en esos casos mis suéter parecen a apunto de estallar. También se, que cuando camino rápido, mis tetas oscilan dentro de mi ropa y solo en esos casos me doy cuenta que las tengo así.
Sentada en mi escritorio hacía memoria y me daba cuenta que Sergio en realidad siempre me estaba mirando las tetas. Eso se notaba. Yo nunca me había enojado por eso, porque la mirada suya era una mirada tierna, como de curiosidad y no tenía nada que ver con las miradas que dirigen sobre mis tetas los compañeros de oficina que son miradas lascivas, groseras, mientras separan sus labios de manera escandalosa y promiscua reflejando todo ese deseo sucio con que los hombres nos miran la tetas y el culo. No, la mirada de mi hermano era diferente a eso, estaba segura, y eso me tranquilizó porque entendí que su petición era simplemente una broma.
Sin embargo esta tranquilidad me duró solamente hasta la hora de la cena. Mientras mi hermano se despedía para irse a su cuarto, me dijo, así como al pasar y sin dejar de mirarme las tetas.
- Acuérdate de mi regalo hermanita.
Ahora las cosas habían cambiado. Yo podía estar segura de que no se trataba de una broma al azar, era francamente la manifestación de un deseo muy claramente expresado. Ya en mi cuarto, antes de irme a la cama, me miré con dedicación frente al espejo. Nunca antes lo había hecho así. Mis tetas no tenían nada de especial, aparte de esa forma de uvas. Terminaban en un pezón soberbio que me pareció demasiado robusto teniendo en cuenta que no he tenido hijos, de color un poco violáceo y que parecían latir suavemente mientras yo me miraba. Me sentía complacida de tenerlas así y terminé acariciándolas con suavidad. Eran pesadas pero mantenían su peso perfectamente casi sin deformarse.
En ese momento pensé que mi hermano nada sabía de esta consistencia y que quizás nunca había visto el pecho de una mujer y que esa curiosidad que lo invadía hasta podría originarse en la carencia de afecto materno, ya que el vivía con nosotras desde que mi madre se marchó del hogar. Además él solamente quería verlas. Ver mis tetas, eso había dicho, no habló de tocarlas ni de acariciarlas.
El día lunes, día de su cumpleaños, a la hora del desayuno, mi hermana Celia lo abrazó entregándole un pequeño paquete envuelto en papel de regalo, que contenía un cinturón muy bonito con una hebilla dorada. Yo lo abracé, pero no tenía para él paquete alguno. Él me miró en silencio. Ya se disponía a salir para subirse a mi auto cuando caminado en dirección a mi cuarto le pedí que me siguiera. En ese momento no sabía bien porque lo hacía, pero el corazón me latía fuertemente en el pecho y tenía las manos sudorosas. Escuchaba sus pasos suaves detrás de mí y cuando entramos en mi cuarto cerré la puerta.
Ahora él tenía sus ojos dilatados fijos en mi blusa mientras yo, de pie frente a él, desabotonaba la prenda con cierto nerviosismo, hasta sacarla por completo. En seguida, con un movimiento ágil de mujer que se desviste noche a noche me deshice de mi sostén y mis tetas monumentales quedaron libres mientras yo sentía sobre ellas la mirada envolvente de mi hermano. Yo jamás había sentido la presencia de mis tetas como las sentía en ese momento, duras, tensas, proyectadas hacia él, con los pezones latiendo y mi hermano ahí como clavado en el suelo, en un silencio casi dramático. Le hice una seña que se acercara a mí y cuando lo tuve ahí, tomé su cabeza con ambas manos y sumergí su rostro entre mis tetas. Su rostro estaba frío y mis tetas ardiendo. Le traspasé ese calor. Ese regalo era más de lo que me había pedido. Eso fue todo.
A los pocos minutos rodábamos en mi auto hacia el centro de la ciudad y lo único que nos acompañaba de lo vivido era el silencio, ninguno de los dos hablamos nada. Habría estado demás.
Cuando lo vi caminar alejándose del auto me pareció que ahora representaba más de los 19 años que ese día cumplía.
Después de ese día, mi regalo pareció abrir en Sergio, una caja que había mantenido guardada por meses. Me hablaba con mayor soltura y me confidenciaba cosas más intimas a las cuales yo no respondía, pero que de verdad me impactaban. Nuestros encuentros comenzaron así por acuerdo mutuo. Todas la mañana él iba a mi cuarto y yo lo dejaba jugar con mis tetas. Él me las acariciaba, las succionaba, hacía crecer mis pezones y restregaba su rostro con ellas siempre permaneciendo los dos de pie. Eran ceremonias rápidas, tremendamente excitante. Mis pechos quedaban delicados pero felices y naturalmente otras partes de mi cuerpo habían comenzado a despertar de un sueño que nunca había tenido interés en romper.
Lo que a él le pasaba, me fue dado a conocer la mañana de un domingo en qué, como quejándose de algo, me dijo que tenía un dolor intenso y desabrochando su ligero pantalón sacó con un ágil movimiento su miembro en una erección, que por las dimensiones no me dejó dudas que habría de ser realmente dolorosa. Yo nunca había visto a un hombre de esa forma. Era mi primera vez y me daba cuenta perfectamente de lo que estaba pasando.
Ahora yo estaba enfrentada a un problema más grande y delicado. Ya no se trataba de nuestros encuentros tiernos y calientes sino que él estaba sintiendo lo que naturalmente se derivaba de eso. Él me estaba deseando como un hombre desea a una mujer, me estaba viendo como una hembra disponible, a su alcance y me estaba deseando con furia. No sabía como dominar eso y veía que la situación era a todas luces ingobernable.
Comencé a preocuparme de verdad. Yo no podía y no quería echar pie atrás. Estaba disfrutando plenamente mis encuentros con él. Habíamos creado un pequeño y ardiente paraíso en que nos entregábamos a un placer sublime que nos proporcionaba a ambos un estado de éxtasis cautivante, pero no me entraba en la mente la idea de tener sexo con él, aunque debo admitir, que el sexo me estaba llamando con intensidad creciente.
Con este problema entre manos fue que se presentó nuestra conversación en la tarde del domingo. Me dijo que quería hablarme. Yo ya sabía de que me hablaría y aunque mi cuerpo entero sabía la respuesta no me atrevía a iniciar yo esa conversación. Me dijo que quería pedirme algo. Yo ya sabía que era y lo dejé hablar y entonces con la misma sencilla claridad que me había pedido su regalo de verme las tetas, lo escuché decir.
-Quiero que tú le pidas a Celia que me deje acariciarle el culo.
Luego me acarició tiernamente las tetas y salió del cuarto, así como avergonzado, mientras yo comenzaba a trabajar en mi cerebro la sorpresa inaudita de lo que me había dicho... Lo que yo tenía en mi mente era una mezcla de sorpresa, de celos y de calentura, porque jamás imaginé que me dijera eso. Yo estaba preparada para otra petición. Estaba segura de que él y yo pertenecíamos a ese mundo caliente promiscuo y tierno que habíamos creado en el cual yo era su reina y su dueña, en que no cabía nadie más en nuestro secreto acuerdo y en el que yo estaba dispuesta a llegar hasta el final, nuestro final y ahora aparecía la figura extraña de mi hermana para quebrar el encanto. Pero lo concreto era que él quería acariciarle el culo a Celia y yo no sabía si eso significaba que dejaría de complacerse con mis tetas. Eso era un puzzle que no sabía como armar.
Debo decir que Celia de verdad tiene un hermoso culo, todo el mundo lo sabe y ella sufre el mismo asedio por su culo que el que yo sufro por mis tetas, es como si ambas complementadas pudiéramos formar un cuerpo irresistible. Esas cosas me daban vuelta en la mente mientras me disponía a hablarle. Había una cosa a mi favor, hasta el momento Celia nada sabía de lo que estaba sucediendo y yo podría tener el control de la situación. Estaba dispuesta a luchar por lo que consideraba mío
Naturalmente le conté primero lo que hacíamos Sergio y yo desde su cumpleaños. No tenía sentido ocultar nada entre mujeres adultas. Conociendo el carácter de Celia, pensé que descargaría sobre mí todas sus furias descalificando mi promiscuo proceder. Sin embargo a medida que fui contándole la verdad, el rostro de mi hermana se fue tornando carmesí y su carácter se fue relajando para terminar escuchándome en un silencio casi reverente. Celia es una mujer inteligente y siempre he pensado que su tremendo éxito profesional esconde en el fondo la renuncia que ella ha hecho a todo lo que hace referencia con su condición de hembra madura y deseosa.
Yo sabía eso y entendía que lo que yo le había contado y sobre todo la petición tan especifica de nuestro hermano, junto con ser un disparate increíble, representaba también para ella una oportunidad única para intentar adentrarse en ese mundo que ella había dejado voluntariamente al margen. Además contaba con mi incondicional discreción pues estábamos navegando en el mismo barco.
Entonces cuando todo quedó acordado, Celia se fue a su cuarto para esperar al igual que yo que llegase la hora señalada. El perfil de su culo fue la última imagen que me quedó en la retina cuando se fue, Celia sabe que tiene un culo perturbador y es por eso que usa siempre pantalones ceñidos. Se queja a menudo de las insolencias que le dicen los hombres, pero yo se que eso, en el fondo, la complace, y que si un día nadie le dijera nada se sentiría casi defraudada, le pasa lo mismo que a mi con mis tetas, pero ninguna de las dos nos habíamos visto nunca desnudas.
Cuando Celia entró en mi cuarto yo tenía a Sergio completamente pegado a mi pezón izquierdo, sentía su lengua caliente inventando nuevos juegos para hacerlo crecer mientras una de su manos aprisionaba mi teta derecha con caricias circulares que me electrizaban completa. Por primera vez yo estaba desnuda sentada en el borde de mi cama, pero eso a mi hermano parecía no importarle, concentrándose únicamente en mis pechos. Celia entró sin decir nada y como siguiendo las indicaciones de un guión conocido comenzó a desvestirse. Quedó vistiendo una corta camisa que le llegaba hasta la parte alta de la cintura.
Fue entonces que yo pude apreciar la perfección increíble de su culo. Como para facilitarnos la visión ella se acercó lentamente hasta nosotros de modo que su culo quedara al alcance de nuestras manos. Era perfecto.
¿Como es posible que el culo de una mujer pueda causar en otra mujer el impacto emocional que el culo de Celia estaba ejerciendo sobre mí? En ese momento y por unos cortos segundos me di cuenta de lo que puede sentir un hombre apreciando el culo de una mujer. Esa perturbación emocional desatada era lo que nos estaba invadiendo a Sergio y a mí.
En ese momento Sergio dejó de chupar y centró su mirada en la curva de sus nalgas alargó su mano y las recorrió con los ojos dilatados de deseo, Se puso de pie a mi lado y yo aprisioné su polla dilatada entre mis pechos mientras Celia había acercado su delicioso culo de modo que él podía besarlo y recorrerlo con su lengua. Era una imagen realmente diabólica. Me preguntaba como una podía vivir diariamente bajo el mismo techo con tal carga erótica comprimida sin darse cuenta de su explosivo contenido.
Estábamos juntos y separados, teníamos todos los elementos de una ecuación que no podíamos resolver hasta que me surgió en la mente nublada la claridad de una idea perversa. Tomé en mi mano la polla caliente de Sergio y comencé a acariciar con ella la raja encendida de Celia. Ella sintió el impacto del roce diabólico y lentamente se fue inclinando, bajando su cabeza mientras levantaba su culo como pidiendo una definición. Ahí fue que aprecié el hoyo redondo y oscuro de la palpitante entrada de su culo y puse la punta de la polla de mi hermano en su entrada. Celia acusó el impactó y se quejó suavemente y entonces presionando con mi sexo mojado sobre el culo de Sergio lo impulsé a penetrarla y su polla comenzó a desaparecer lentamente, mientras mi sexo chorreante de jugo caliente mojaba las nalgas duras del muchacho. Las grandes uvas de mis tetas presionaban contra su espalda ardiente.
Ahora él no tenía necesidad de hacer nuevas peticiones o regalos porque le habíamos dado a entender que lo tendría todo de nosotras, y así pareció entenderlo él en ese momento, puesto que ahora ya con clara autoridad de macho posesivo me tomó por la cadera y me puso en posición para encularme. Yo en forma instintiva adopté la posición adecuada y me afirmé con ambas manos de las caderas de Celia. Mientras el muchacho me penetraba deliciosamente, yo tenía ante mis ojos la imagen del culo de Celia en toda su redonda belleza, y comencé a recorrer con mi lengua el hueco dilatado y rosa recién penetrado. Mi lengua percibía sus latidos mientras la polla de Sergio alcanzaba gloriosa las profundidades de mi propio culo que latía de felicidad.
Las grandes uvas de mis tetas eran detenidas en sus oscilaciones por las manos de nuestro muchacho que me aplicaba deliciosas presiones en mis pezones. Habíamos encontrado el acoplamiento perfecto.
Seguiríamos así por mucho tiempo y nadie lo sabría.
Celia y yo somos mujeres prudentes.
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